Las intrigas y peleas militares durante el 2 de octubre de 1968 se revelan en ‘Jinetes de Tlatelolco’

El ex Presidente de México Gustavo Díaz Ordaz declaró que al enfrentar el conflicto estudiantil se habían agotado los recursos políticos y se tuvo que acudir a la fuerza. Lo que se quería era destruir de un solo golpe el movimiento estudiantil para dar paso a las Olimpiadas. La represión tuvo lugar diez días antes de que éstas empezaran. Por eso los priístas estaban obligados a sofocar las protestas, pero lo hicieron de una manera brutal. Usaron al ejército, al cual desplegaron en torno a Tlatelolco. Y fue entonces que alguien, que no sabe quién fue, dio la orden de disparar, capturar y reprimir. FOTO The New York Times

Arturo Mendoza Mociño

En Jinetes de Tlatelolco. Marcelino García Barragán y otros retratos del Ejército mexicano (Ediciones Proceso, 2017), Juan Veledíaz, especialista en la cobertura informativa del narcotráfico y fuerzas armadas mexicanas, desmenuza todas las intrigas que hay al interior del Ejército en los albores del 2 de octubre de 1968 y que desembocan en aquellos francotiradores que, apostados en lo alto de varios edificios y, a ras de suelo, dispararon contra civiles y soldados para provocar el caos y lo que hoy, tras más de medio siglo, se conmemora como el nacimiento del despertar democrático de México.

Desde Sinaloa, donde está al frente de la redacción de El Sol de Culiacán, Veledíaz conversa también sobre el reclutamiento de presidentes mexicanos por parte de la CIA, el deseo frustrado de Gustavo Díaz Ordaz de ser militar y cómo es que Luis Echeverría engañó a cuantos pudo en aquellos días de furia.

—Héctor de Mauleón, columnista de El Universal, ha dudado sobre la participación del Estado Mayor Presidencial (EMP) durante los sucesos de la Plaza de la Tres Culturas el 2 de octubre de 1968…

—Queda claro que ese periodista ignora que el EMP está lleno militares corruptos y millonarios porque es el último residuo del presidencialismo mexicano. Por si fuera poco se trata de un grupo faccioso y neofascista.

—En uno de sus varios Tweet, De Mauleón afirma: “1.- No se ha probado que el EMP haya actuado en Tlatelolco. 2.-La versión de García Barragán (basada supuestamente en la del gral. Gutiérrez Oropeza) se aparta de la de líderes que estuvieron en la plaza. Entre ellos González de Alba”.

—Había un fotógrafo del diario unomásuno que siempre se enfrentaba al EMP a madrazos. Medía 1.80 metros y siempre se agarraba a putazos. Terminaba muy madreado, pero esa estampa bien sirve para ilustrar este momento y para mostrar cómo es el EMP con los fotógrafos y todo aquel que los cuestione.

—¿Eso pasa ahora con Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien ha anunciado su desaparición y reinserción al Ejército?

—AMLO, nada más y nada menos, ha puesto en jaque a los reaccionarios, a esa guardia pretoriana que les cuidaba a los presidentes sus amantes, sus salidas y que sabía todo sobre sus negocios.

 

Tanto la CIA, como los servicios secretos cubanos, además de la KGB, operaron en las sombras en los días previos a la marcha estudiantil del 2 de octubre, revela en su libro Juan Veledíaz. FOTO AMM

—Más allá de la crítica a ese cuerpo de élite del Ejército, ¿sólo hay un “responsable” militar de lo acaecido la noche del 2 de octubre en Tlatelolco?

—No cabe señalar a un solo responsable porque hay un tejido muy fino de lo que se conoce como crímenes de estado. Hay una responsabilidad política en la planeación muy perversa del derive violento de las manifestaciones con infiltrados. Hay también un juego muy perverso de las agencias de inteligencia extranjeras, como la CIA, los servicios secretos cubanos, la KGB, para infiltrar al movimiento. No hay que olvidar tampoco que la Dirección Federal de Seguridad (DFS) usó varia información de los infiltrados para inflar sus informes.

—¿No es ésta una exculpación del Ejército o sí?

—El Ejército como tal tuvo instrucciones precisas de Gustavo Díaz Ordaz. Lo que sabemos hasta el momento es que hubo un cuerpo especial del Estado Mayor Presidencial, cuyos elementos fueron dados de alta en el Departamento del Distrito Federal y que ellos fueron los que orquestaron esas provocaciones y estuvieron en la cúspide de varios edificios con las órdenes de disparar contra las tropas mientras el Batallón Olimpia detenía al Consejo General de Huelga.

 

—¿De quién es entonces la responsabilidad de lo sucedido y de lo que ocurrió después?

—Podríamos identificar, como responsabilidad por omisión, por parte del Ejército, a Marcelino García Barragán, a Mario Ballesteros Prieto y a el EMP en su conjunto porque entre todos ellos hubo disputas al interior de la institución.

—Esos pleitos influyeron en los sucesos.

—En efecto, esas disputas al interior eran las que sostenían entre sí Félix Galván López y Mario Ballesteros Prieto dentro del Estado Mayor de la Defensa (EMD), y eso interfirió en la calidad de la información porque o fue tergiversada o inflada. Un sector de ellos era informante de los gringos, pero también los gringos hacían su juego.

—¿Hay pruebas de ello?

—Los documentos, si es que los hubo, fueron destruidos. No los encontré. Hubo manipulación de parte del Departamento de la Defensa para desvanecer la participación de los hechos de ambos. Pero cabe aclarar que Mario Ballesteros Prieto no era lo que decía Defensa de él. No hay evidencias del EMP, para actuar en Tlatelolco. Por eso Ballesteros Prieto me parece el hombre más digno: es el creador del PLAN DIIII, fue un militar intelectual formado en combate como oficial de inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial. Sin duda era uno de los militares intelectuales mejor formados. Su gran problema es que era amigo de primaria y secundaria de Gustavo Díaz Ordaz. Como jefe del Estado Mayor de la Defensa es la antítesis de Luis Gutiérrez Oropeza: ignorante, hecho a la manera del PRI, sin carrera militar probada, es decir, que haya estado en combate, en filas, en servicio, mandando unidades de combate… Toda su vida la hizo de ayudante de los políticos. Gutiérrez Oropeza es el viejo priista al servicio del régimen con uniforme militar.

—Es decir que uno, Mario Ballesteros Prieto, es un servidor público cabal y honrado, y el otro, Luis Gutiérrez Oropeza, es un títere de otros.

—Los informes los ponen como “compitas”, como los que planearon el 2 de octubre, pero no hay evidencias y no hay pruebas. Contradiciendo a De Mauleón, en el caso de Gutiérrez Oropeza, él fue quien mandó a apostar francotiradores, me lo dijo Jorge Carrillo Olea, jefe de la Sección Segunda del EMP con Luis Echeverría. Cuando fue Jefe de Inteligencia se encontró con la falta de documentos y los oficiales a los que él entrevistó le dijeron que su antecesor, Carlos Humberto Dávila, mandó destruir todos los documentos. Por lo que Carrillo Olea sacó testimonios. Es decir, le reporteó y así supo que Carlos Humberto Dávila fue el jefe de los francotiradores. El reto periodístico es saber quiénes eran esos francotiradores. Pero aquel Jefe de Operaciones que fue Dávila llegó a ser jefe del Estado Mayor con Miguel de la Madrid. Es decir hubo un ascenso y no me extrañaría que fuera un premio.

—Pero por qué hubo tantas fallas, rebeldías, amenazas de asonadas.
Tenemos un ejército que nunca ha ido a la guerra. Y si no vas a la guerra, no funcionas en este tipo de situaciones. Porque te vas, en caso de guerra, o te retiras, caes prisionero o te matan. La calidad del servicio de información, a cargo de Víctor Manuel Luis Pérez, era tan mala que terminan cambiando al Jefe de Inteligencia después del 68.

—Con esos problemas, ¿la intervención internacional en los sucesos del 68 sí es factible? Porque si es así, el papel de la CIA es innegable ya que tenía en su nómina de informantes a varios presidentes mexicanos Adolfo López Mateos tenía como clave “Litempo”, Gustavo Díaz Ordaz era “Litempo 2” y Luis Echeverría “Litempo 8”.

—Hay varias claves. Desde aquel viejo discurso que sostiene una orquestación internacional contra México. Y claro que, dentro de la geopolítica, el país tuvo un papel nodal porque tenía que ver con la disputa entre el Este, la Cortina de hierro comunista, y primeros Juegos Olímpicos en América Latina. Hay mucha literatura, pero lo que no hay es una historia de la KGB donde se ponga de realce el papel de los soviéticos en 1968. Ahora “Proceso” recuperó un texto que publiqué hace 12 años sobre las agencias de inteligencia y el factor geopolítico que me contaron varios generales. Ya lo dijo mejor Octavio Paz: El auge del pensamiento revolucionario identificado con el comunismo tenía impregnada a la juventud de una idea. De ahí crean un fantasma porque, los menos dentro del movimiento estudiantil, eran los más politizados. Pero el 68 no surgió así como así, sino que desde 1964 datan los primeros campamentos guerrilleros en Chihuahua. Luego, en 1965, el ataque a Puerto Madera. El mismo pensamiento comunista fue creando un contexto de esquizofrenia, porque en el mismo Ejército se descubre, en 1966, que había una célula trotskista al interior de las fuerzas armadas, y que ese hecho fue super secreto durante mucho tiempo. Pero todo era producto de los años 60 que están marcados la Revolución cubana y la llegada al poder de John F. Kennedy.

“Luego del gran ritual azteca del 2 de octubre en la llamada Plaza de las Tres Culturas, decidí que lo único decente que podía hacer era cortar toda relación con Huitzilopochtli y su gran sacerdote”, escribió Octavio Paz el 7 de octubre de 1968 al poeta estadunidense James Laughlin. FOTO Terra Mexico

—¿Su libro es una rehabilitación de la figura de Marcelino García Barragán?

—A mí me fascina, como a muchos que fueron amigos de él, su carácter. Mi idea periodística es la biografía del carácter. García Barragán era un hombre de carácter: acostumbrado a ver muertos, ser disidente del régimen priista cuando se creó, cómo supo callar ante tantas atrocidades y tomar distancia de Luis Echeverría y todo el grupo de traidores a la Revolución, porque Echeverría es ahijado de Rodolfo Sánchez Taboada, el primer presidente del PRI, que formó parte del grupo que fusiló a Emiliano Zapata. Y como García Barragán fue villista no podía coincidir con Luis Echeverría. Es el choque de los viejos grupos políticos. Por un lado, Sánchez Taboada, primer presidente del PRI, y por el otro García Barragán, el general laureado en la Guerra Cristera. Aunque el 68 lo eclipsa, García Barragán es más que el 68. Cierto, el 68 es uno de los varios sellos de su vida, pero quizás el sello que lo marcó. Era un hombre lúcido, como los de antes, como a mí me educaron, en férrea disciplina, la de “aguántese cabrón”

—Pero hay más perfiles de otros hombres claves para entender el 68.

—Conocí la otra cara del Ejército cuando pude adentrarme en la vida privada del general Ballesteros Prieto y la parte más miserable de Gutiérrez Oropeza. No se puede poner la historia de dos hombres tan distintos en una sola bolsa. Dos hombres que se conocieron en la campaña de Díaz Ordaz en el 1964 y, por él, tuvieron que hacer migas…. Ballesteros, un soldado hecho y derecho, y Gutiérrez Oropeza arribista, transa, tonto, intrigoso. Por eso termina como termina: lo corren del Ejército y le dicen que tiene tres opciones: Darse de baja, recibir una encomienda en Colima o La Paz, o ser procesado. ¿Por qué? Por insubordinación de hechos y lanzar anónimos. Sabía usar la contrainformación y esparcir tenebra.

—Hay demasiada tenebra en ‘Jinetes de Tlatelolco’.

—Para entender Tlatelolco 68 la clave son las intrigas. Luis Gutiérrez Oropeza tenía su símil en su tocayo, Echeverría. Los dos son muy intrigosos, pero el segundo es el que desapareció a demasiada gente mientras encabezaba los intereses del Tercer Mundo y abría las grandes avenidas de la demagogia.

—Por qué no hubo un golpe militar, como ocurrió después en tantos países de Sudamérica. ¿Qué frenó a el Ejército mexicano de esa tentación?

—El Ejército mexicano está hecho con gente del pueblo. Si ves a los soldados la mayoría es muy humilde, la mayoría de los oficiales tienen oportunidad de ir al Colegio Militar y la mayoría de los mandos militares tienen un amor por la patria, la identidad nacional y una institucionalidad por lo que uno cree y defiende. De no haber tenido un gran soldado como García Barragán, otra cosa podría haber pasado.

—¿Por qué?

—Se necesitaban huevos para mandar a la chingada al Embajador gringo y conminar al Secretario de Gobernación, en ese entonces Luis Echeverría, para que no decrete el Estado de sitio el 3 de octubre. Porque García Barragán sabía que él había planeado todo y que Echeverría estaba engañando al Presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien, por otro lado, era capaz de todo porque él siempre quiso ser militar. Era un matón frustrado, esa es otra de las claves del libro.

A obras claves sobre el movimiento estudiantil, como lo son «La noche de Tlatelolco» de Elena Poniatowska, «A la salud de la serpiente» de Gustavo Sáinz, «El ogro filatrópico» de Octavio Paz, se suma ahora «Jinetes de Tlatelolco» de Juan Veledíaz. FOTO Cultura Colectiva

—Medio siglo ha pasado, ¿cuáles son los legados más importantes del 68?

—Lo que Carlos Fuentes escribió sobre el primer 68, el del mayo parisino. Y la postura de Octavio Paz ante Tlatelolco. Durante estos días se va a hablar del tema y de la influencia democrática para la evolución política del país. Pero también creo que una de las cosas que no se valorarán del todo, es la apertura de los mandos militares para hablar de temas prohibidos, como lo hizo García Barragán, ya muerto, con su documentación personal (la cual fue retomada por Julio Scherer y Carlos Monsiváis para publicar Parte de guerra. Tlatelolco 1968. Documentos del general Marcelino García Barragán. Los hechos y la historia, publicado por Aguilar en 1999. Después de García Barragán, Salvador Rangel Medina es el único que ha hablado de la Guerra Sucia en Guerrero. Ahora debería haber de ese tipo de generales hablando de la guerra contra el narco. Andan muy tímidos. Ninguno tiene la contundencia de Rangel Medina. Es necesario que los militares hablen, cuenten, que salgan del ostracismo. Eso es lo que tendría que ocurrir ya. Que salgan a hablar de Ayotzinapa y digan “Sí, nos equivocamos” por esto y esto. Hacen falta huevos para salir. Y no hay que olvidar que se te cae el sistema encima y que ahora el sistema cambia de manos.

—Además de ‘El general sin memoria. Una crónica de silencios del Ejército mexicano’ (Debate, 2010), que indaga sobre la vida de Salvador Rangel Medina, y ahora ‘Jinetes de Tlatelolco’, falta un general más por perfilar para completar lo que ha llamado “La trilogía de los generales mexicanos”.

—Así es, es una trilogía inspirada en varias ideas literarias del ensayista mexicano Sergio González Rodríguez (1950- 2017) que también podría llamarse la “Trilogía del misterio o del hermetismo”.

—¿De quién se trata?

—Eso, por el momento, aún es parte del misterio de esa trilogía.

Periscopio CDMX

 

 

 

 

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