Titivillus, el «coco» de los escribas antiguos

Desde los albores de la humanidad, sobre todo durante la Edad Media en la que imperaba el oscurantismo, el pensamiento mágico fue el recurso por excelencia para explicar los fenómenos naturales que rodeaban al hombre, todo aquello que no entendía y que fomentaba la superchería y la ignorancia. Incluso los errores cometidos en los manuscritos medievales tenían en esos tiempos, anteriores a la imprenta, un origen sobrenatural atribuido a un personaje siniestro y demoniaco, mejor conocido en el mundo de los escribas medievales como Titivillus, aunque también se le llamaba Titivillum, Tintillus, Tytinillus,Titivitilarus y Titivilitarius.

Los amanuenses antiguos

Para hablar de Titivillus debemos hablar también de los personajes que “fueron víctimas” de este ser demoniaco y que tienen un papel fundamental en este tema. Para ello debemos remontarnos a la época de los primeros copistas de la historia.

Desde la época de los griegos y los egipcios, el trabajo de los escribas o amanuenses, como también se les llama, pues copiaban manuscritos a mano, fue uno de los más complicados y laboriosos, pues escribir sobre un papiro elaborado de un junco no era tarea fácil. Su preservación tampoco lo era debido al clima húmedo que acababa con ellos en poco tiempo, sólo podían conservarse en climas secos. Sin embargo, tomando en cuenta que la mayoría de la población griega y egipcia eran analfabetos, los escribas, que se destacaron por ser personas cultas y por ende tenían un lugar especial para los gobernantes de dichas civilizaciones. Los escribas eran muy valorados, ya que eran pocos los que poseían un grado elevado de conocimientos y también porque en ellos recaía la responsabilidad de preservar el conocimiento en todas las áreas, incluso en la religiosa y económica.

En pocas palabras los amanuenses del mundo antiguo estaban encargados de copiar manuscritos para su preservación, posteriormente se crearon los pergaminos con una técnica y material diferente a los papiros. Su etimología viene de Pérgamo, ciudad griega antigua, situada en el noroeste de Asia menor (actual Turquía), donde se hizo muy popular y comercial este material.

Los rollos tanto de los papiros y pergaminos siempre fueron muy incomodos y estorbosos, debido a esto surgió un nuevo formato más útil, manipulable y menos estorboso para transportarlos durante las largas travesías por tierra o mar. Dicho formato es el que conocemos hoy en día como un libro

Obsesiva demanda de copistas.

Alejandro Magno, en su obsesión por recopilar en un solo lugar toda la sabiduría del mundo, logró erigir La Biblioteca de Alejandría con todos los manuscritos más importantes en todas las áreas del saber humano: arte, ciencia, historia, filosofía, literatura, dramaturgia etc. Este gran sueño no lo habría alcanzado Alejandro Magno, de no haber contado con el trabajo intelectual de copistas eruditos en cada área del saber. El trabajo de un escriba, sobra decir, es exhaustivo por las largas horas que emplea para lograr un texto impecable, horas en las que intervenía el esfuerzo metal que implica la concentración y la precisión en la tarea de copiar un texto. Como es lógico muchas veces se cometían errores ortográficos, y los amanuenses debían rescribir un papiro o pergamino completo con minucioso cuidado para no cometer ni el mínimo error. De dicho esfuerzo dependía su reputación y su valía como copistas. Cualquier fallo en su escritura les costaba burlas, menosprecio y el descrédito de su oficio.

Los errores ortográficos y de todo tipo eran el pan de todos los días en la labor de los amanuenses, pero no es sino hasta la Edad Media Baja, antes de la invención de la imprenta, cuando surge un singular diablillo cuyas tropelías se hicieron muy recurrentes en los manuscritos antiguos.

El Modus Operandi de Titivillus.

Las andanzas de Titivillus en el mundo de los manuscritos y códices antiguos cobró tanta fama y estragos en la Europa Medieval entre los amanuenses e impresores que hasta existen pinturas sobre este ser del averno, quien se creía trabajaba para el mismísimo Lucifer.

Se decía que el modus operandi de esta entidad maligna consistía en distraer a los escribanos susurrándoles al oído y agotándolos durante las largas jornadas que pasaban copiando manuscritos para que cometieran errores y así empezar de cero otra vez. Se decía que Titivillus también intervenía en la palabra hablada para las personas se equivocasen y dijeran una palabra por otra. Se decía que el diablillo actuaba sobre todo en los recintos sagrados durante la misa haciendo decir barbaridades a los sacerdotes o a los feligreses.

En varios grabados, este demonio es representado como el clásico fauno con cuernos y un costal cargado de libros o como un ser infernal que está propiciando errores ortográficos, tipográficos, erratas o errores de dedo, incluyendo derrames de tinta sobre pergaminos con los cuales descendía hasta el mismo infierno.

Errores que podían costar la muerte.

Las maldades ortográficas de dicho diablillo medieval fueron en ese entonces la justificación más oportuna y recurrente para que los escribas no reconocieran sus propios errores, errores humanos que nada tenían que ver con lo sobrenatural, más bien con el cansancio, la falta de sueño, la falta de concentración o a causa de la poca luz que los alumbraba, pues en esa época sólo había velas o lámparas de aceite.

Los errores en un texto como errores ortográficos o si se comían alguna letra, sílabas, palabras u oraciones enteras, podían costarle muy caro a quienes los cometían. Si bien les iba, se les imponían sanciones severas o incluso se les podía castigar con la muerte por poner en peligro la palabra de Dios al alterar, sin querer, las sagradas escrituras como sucedió con la edición de Biblia Maldita en la que uno de los copistas omitió el adverbio de negación “no” en uno de los diez mandamientos de Moisés: En lugar de escribir: “No cometerás adulterio” escribió: “Cometerás adulterio”. Nadie se percató de los errores, empezando por los copistas, lo que causó la ira de la iglesia católica y de Carlos I quien había encargado dicha edición de la Biblia en 1634 a los editores Robert Baker y Martín Lucas. La omisión del adverbio de negación “no” cambió totalmente el sentido de la oración convirtiendo el sexto mandamiento en una herejía, lo que causó un escándalo sin precedentes en la Inglaterra medieval al grado que el arzobispo de Canterbury impuso una multa de 300 libras esterlinas a los editores, que ese entonces era una suma impagable por lo que tuvieron que ser privados de su libertad durante diez años, tiempo suficiente para adquirir todo tipo de enfermedades y morir como le ocurrió a Robert Baker.

Para cuando se frenó la lectura de dicha Biblia herética ésta ya había sido distribuida en toda Inglaterra y muchos creyentes ya habían aprovechado el sexto mandamiento para dar rienda suelta a sus deseos carnales.

Un testigo aseguró que Robert Baker estaba ebrio mientras escribía la nueva edición inglesa de la Biblia encargada por Carlos I Inglaterra, pero seguramente Robert declaró la intervención de Titivillus en el error garrafal que la convirtió Biblia Maldita eso pudo salvarlo de morir en la horca.

Es así como salvar el pellejo y frenar el descrédito dio origen, entre los amanuenses, a esta singular criatura que hoy en día se ha convertido en el patrono de los escritores y editores.

Comments

comments