Mercado Ampudia: Dulces a granel, felicidad por kilo

Por Luis Eduardo Alcántara

Dulces a granel impregnan el sitio con su delicioso aroma. Foto: agencias

Sorteando los cambios durante décadas, el mercado de dulces de La Merced, también llamado Ampudia, permanece a un costado del mercado grande, sobre Anillo de Circunvalación, en el comienzo de la Iglesia de Santo Tomás La Palma. En este insólito cuadrángulo que comprende las calles de General Anaya, Ramón Corona, Rosario y Cabaña, donde se inserta un conglomerado de inhóspitos departamentos, bodegas insuficientes y una red de cables y de mantas que entretejen complicados techos en medio de los pasillos, los dulces a granel impregnan con su aromática presencia el trajin cotidiano de miles de personas que acuden al sitio para abastecerse con las delicias del producto, así como la legión de comerciantes que han resistido el paso del tiempo y el acoso de las grandes cadenas comerciales, para seguir ofreciendo a la gente productos únicos, muchas veces tradicionales por su manufactura artesanal, que solamente en este sitio aparecen.
Estamos en territorio de los dulces de amaranto y el olivo, frutas cristalizadas en un sinfín de formas y de estilos, trompadas y obleas de Tepalcatlalpan, dulce de chilacayote, de leche quemada, acitrón, pepitoria, charamuscas, crujientes delicias de coco que se desarman en girones de azúcar en el paladar. Pastillas aciduladas, gomitas multicolores, cucharitas con tamarindo, pirulis de maciza consistencia, camotes de Puebla, chocolates, lagrimitas de caramelo, palanquetas, borrachitos, alegrías, tarugos, alfajores. También es posible encontrar piñatas en cualquier mes del el año, lo mismo que frituras de maíz, o las tradicionales rifas, o la calabaza dulce, la biznaga, los hígos, las naranjas, piñas, peras, frutas ahogadas en deliciosas mieles y estilos.

El Mercado de Dulces se ubica sobre Anillo de Circunvalación. Foto: Agencias

En total son cuatro pasillos los que integran el Ampudia, que operan en un horario que se extiende de siete de la mañana a ocho de la noche, por lo que la mercancía siempre se mantiene fresca y al alcance de los compradores. Su carácter tradicional no impide que también se ofrezcan las marcas populares de dulces que todos conocemos, con sus vistosas envolturas y sus códigos ISBN perfectamente localizables. En este lugar se satisface el paladar de todos, colectividad de familias y visitantes que del estupor genuino transitan sin chistar al gusto pleno, de la risa espontánea al chacoteo festivo, de la vista retozona al antojo.

Pero además, el gran atractivo de este peculiar mercado es la venta al mayoreo, pues si usted compra de diez piezas para arriba, ya es posible ubicarse en este rango, con las ventajas de poder obtener un mejor precio que en otros sitios comerciales. En ciertos días, como por ejemplo, los fines de semana, los pasillos resultan insuficientes para dar paso a los emocionados visitantes que también deben sortear el vuelo zumbón de nubes de abejorros que han hecho del lugar un gigantesco panal, aunque sin representar peligro alguno debido a que se han acostumbrado a convivir con los visitantes.

El atractivo de este lugar, además de su variedad de productos, es la venta al mayoreo. Foto:Agencias

Cuenta la leyenda que el primero de octubre de 1949, con financiamiento del Banco Nacional Hipotecario, sobre unos terrenos conocidos como «El Polvorín», quedó terminado el mercado de dulces Ampudia, entre Anillo de Circunvalación y Corona. El legendario espiíritu comercial de la zona, arropó a los osados vendedores que se dejaron venir desde colonias aledañas, con su aromático cargamento proveniente de pequeñas industrias y talleres familiares de Chalco, Ozumba, Amecameca, Hidalgo y Michoacán. Sin proponérselo, se convirtieron en pioneros de una boyante industria, la cual se sumó al gran mercado de víveres localizado a unos cuantos metros del lugar, y también al mercado de flores, que vería su aparición algunos lustros después.

En el corazón del mercado, entre el río de visitantes y las apretadas murallas de dulces y de golosinas, se levanta un añejo y poco funcional edificio de 39 departamentos. En él habitan muchos de los vendedores del Ampudia, y que a la postre representan quizá la cuarta o quinta generación de aquellos primeros pobladores del Polvorín. Parte del decorado cotidiano son los tanques de gas, con sus improvisados tendederos, descoloridos cortinajes y cables de luz enmarañados a cielo abierto, cuyas chispas ya ocasionaron en otros tiempos algunos percances, como aquél incendio del año 1989 que finalmente pudo ser controlado, a diferencia de siniestros devastadores como los que sí han ocurrido en el interior del mercado de víveres.

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